Muñequitos rusos

03Recuerdo que cuando era niño, sentarme a las seis de la tarde frente al KRIM 218 de mi casa era un rito inviolable. Uno llegaba de la escuela y se olvidaba de las tareas del día, de cualquier responsabilidad, porque por delante, en la pantalla de televisor ruso, teníamos una hora de dibujos animados o, lo que es lo mismo, de muñequitos.

Aquella era prácticamente la única ración de animados que nos tocaba al día y por eso teníamos que aprovecharla. Vivíamos la época, aún no lejana, en la que la televisión nacional contaba solamente con dos canales, el seis y el dos, y todas sus realizaciones resultaban tan empíricas, que tal parecía que en la TV cubana se reinventaba el arte televisivo día tras día.

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En Moscú todavía vive gente

Por: Gisselle Morales Rodríguez

en-moscc3ba-todavc3ada-vive-genteSe llevaron los misiles pero nos dejaron un arma no menos poderosa: los muñequitos rusos. No sé si fue exactamente en octubre de 1962, mientras la isla estaba a punto de ser borrada del mapa, cuando las estampas de animales siberianos y bosques de abedules comenzaron a llenar las pantallas de los hogares en esta nación del trópico.

Lo cierto es que, luego de cinco décadas de monopolio soviético sobre nuestra programación infantil, las historias de Bolek y Lolek, el tío Estiopa o el cartero Fogón han desaparecido de tal forma de la televisión cubana que los más nostálgicos -entre los que me incluyo- no los recuerdan ya por su capacidad de enervar sino como el símbolo de una época romántica en la que, a pesar de la pésima estética de los animados, éramos ingenuos y, por ende, mucho más felices.

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